Y nos hicimos fotógrafos

Habitamos nuestra niñez en Las Palmas en un caserío campesino cerca de Agua Viva en Trujillo, Venezuela. Entre trompos y piñales vimos la vida desgajarse de las nubes surfeando sobre la lluvia. Después vendría el bachillerato en Caracas. Y la arboleda pluriverdosa se convirtió posiblemente en casitas guindadas de peñascos y tasajeadas por escaleras que parecían afrontar el cielo. Que se liaban entre sí, para dar cobijo a la gente sencilla. Desde arriba, miraban en picado la ciudad plana. Los ríos y riachuelos que se descolgaban de la montaña se trasmutaron en autopistas y calles embarazadas de coches y motocicletas ruidosas y monoxidantes. Y los gritos de ueeei, ueeei para arriar a los animales hasta el corral de una finca sencilla, ahora quizás se oían como uuucv, uuucv. O las calles son del pueblo y no de la policía.  Y el tic, tac de la vida persistente. Persistente.

Después demasiados soles alumbrando el mundo. Demasiadas lunas como ojos de pájaro nocturnal, seguramente avistando el carraspeo de las hojas de los árboles de caracolí. El tras, tras del aleteo de los grillos en los pajonales de Las Palmas. O sobre los inquilinos de este cobijo terráqueo. Suficiente escudriñar para rastrear una trocha de vida.  

En los años ochenta, estudiaba periodismo audiovisual en La Universidad del Zulia en Maracaibo. Ocurrió  un paro larguísimo. Una muchacha de ojos cálidos se hizo viajante. Ausencia. Esa tristeza rugosa y polvorienta nos llevó a la Escuela de Artes plásticas Nepalí Rincón. Comenzamos a arañar la fotografía. Aprender el oficio.

Nos hicimos fotógrafos porque un día, decidimos desamordazar la mirada. Cerrarle el ojo de nuestro corazón a la melancolía  como diría Víctor Valera Mora. Enamorar a los amigos con nuestro quehacer.  Ahora, somos fotógrafos para colocarnos más allá de la ráfaga de preguntas e interrogar viendo. Para navegar las veredas acuosas de la vida como lagartija pluricolor y Pluricontraste. Porque mirar, pareciera ser el bostezo de la retina que anhela lamer el universo visual para que gotee la savia del entusiasmo.

Asumimos que la fotografia es como una mujer olorosa a emociones íntimas recién amanecida, que nos diafragma el iris en contornos. Volúmenes. Claroscuros y tonalidades cromáticas. Nos fragmenta el corazón en sentires brumosos lejanos a lo tangible. Y para esa mujer, nos cargamos de sensualidad al acariciar su cuerpo. Le acomodamos los lentes como parte de un acto creador. La llevamos a pasear. A sentir la luz y sus contornos. A fisgonear la vida en impune confesión. O a construir universos imaginarios en el reposo reflexivo.

Llevamos unos veintiocho años como fotógrafos. Intentamos  atizar el sosiego del mundo con nuestras imágenes. Compartimos conocimientos con los jóvenes estudiantes de fotografía de La Universidad del Zulia y de la Escuela Julio Vengoechea en Maracaibo Venezuela, una ciudad que es como un hilito de cielo o infierno donde seguramente unos alquimistas codifican incendios bajo una lluvia de granizos para ganar sitio en la carreta de un circo andante.  ´En esa casa habito como fotógrafo con Ivett, Samuel y Vania en aposentos diversos. En solares del alma intransferibles´.  Habito entre  fisuras de este país deshilachado. Me reguindo a la ilusión vital de la literatura. A mi caja de encantamientos para enjaular codificaciones oraculares. Posiblemente inútiles. A la palabra suelta e intrascendente que a veces arrojo como piedras azaristicas sobre una cuartilla digital. En muchas ocasiones para susurrárselas a la gente amada. O para saber que aún existo como un ritual de auto enamoramiento. Nos estamos viendo.

Alejandro Vásquez Escalona

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